Enrique Santos Discépolo, el genial poeta argentino, tenía un amor joven, quizá el primer bien fuerte; el amor que no conoce límites. Era recíproco, pero algo se interponía para lograr la felicidad. Concibieron un pacto suicida que los uniría para siempre. Ser arrojarían juntos a las aguas del Río de la Plata.
El día fijado llovía torrencialmente, quizá para aumentar la melancolía. Discépolo esperaba a su novia en la costanera.
Ella bajó de un taxi, con piloto y paraguas.
Al verla llegar de esa manera, Discépolo le dijo:
-Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada... Rajá... No merecés ni suicidarte...
Se fue cada uno por su lado.
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